una discusión que rompió el silencio en el Metro y que mostró la peor cara de París

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El Metro de París tiene 219,9 kilómetros de recorrido. Casi cuatro veces más de los 56 y monedas en los que se ancló el subte porteño. Lo recorren 16 líneas, casi todas subterráneas, con 383 paradas y para hacer algunas combinaciones hay que salir a la superficie, caminar unos metros y meterse en otra boca para seguir el viaje.

Hay coches viejos, nuevos y todos prolijos. El pasaje simple sale dos euros con 10 centavos -se puede comprar un pase que dure todo el día, un abono semanal o mensual- y desde que se activa en el molinete tiene una validez de 90 minutos. También sirve en ese lapso para usar en algunas líneas de colectivos.

Igual que en los trenes, acá los pasajeros no tienen la mala costumbre de escuchar audios del teléfono en altavoz ni mucho menos clavar un tema para compartir con el vagón. De hecho, el viaje de Marsella a París coincidió con un zoom del entrenador Juan Martín Fernández Lobbe y un periodista argentino fue reprendido por los ocupantes de asientos cercanos que no tenían interés en escuchar al Corcho.

Los viajes sobre rieles, entonces, suelen ser silenciosos. Los casi 220 kilómetros del Metro parisino conducen a todos lados y también al Stade de France. Un ringtone al máximo rompió la serenidad del M13 y tras el “aló” de rigor, el vagón se sumergió en un soliloquio de este lado la línea. “Que sí, eso llega seguro el sábado así que a más tardar el sábado o el domingo lo puedo llevar”, decía la mujer cuando le pidieron que bajara el tono.

El subte parisino recorre más de 200 kilómetros. Foto: Emmanuel Fernández / enviado especial

Sin colgar, la mujer latina -presumiblemente caribeña- contraatacó cuestionando lo que consideró una censura. “Vuelve a tu país, tú no eres de aquí”, dijo el representante del neofascismo europeo en el vagón. “Espera un momentico que tengo que resolver un problemita porque un francés hijopu.. no quiere que hablemos”, dijo antes de guardar el celular entre sus pechos y dar pie a una escena que incluyó una catarata de insultos en distintas direcciones.

“Todo esto empezó porque tú gritas para hablar por teléfono, por favor baja la voz. No queremos enterarnos de tus cosas”, intentó componer un francés bilingüe. Pero la cosa ya se había ido de control y otro pasajero con dominio del castellano tiró más nafta al fuego: “Cállate, hombre, porque tú eres un hombre”. La mujer trans le indicó, que dada su observación, ella podía ofrecerle lo que inconscientemente buscaba. O algo así.

Para intentar poner fin a los gritos que ya se escuchaban desde otro vagón, dos pasajeros de un tamaño que Tomás Lavanini, el segunda línea de Los Pumas, hubiese preferido evitar la confrontación intentaron amedrentar a la pasajera, que contestó con un derechazo a la mandíbula.

“Y el que quiera pelear que baje en la próxima”, dijo y volvió el silencio. No voló ni una mosca en ese vagón. Tras un distinguido saludo, la mujer del teléfono se bajó. No hubo comentarios ni reflexiones cargadas de indignación. Otra vez, el viaje había recobrado su silencio habitual.

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